De peces y demonios


  Atanasio de Alejandría (circa 296-373) fue el autor de la Vida de Antonio, una obra a la que se ha llamado el primer bestseller de la cultura cristiana. Antonio, al que tal vez el propio Atanasio llegó a conocer en persona hacia el año 338, fue el célebre monje que se internó en el desierto egipcio para llevar una vida de renuncia, oración y soledad (la palabra monje deriva del griego μοναχός, «monachós», que significa «solitario»). La pequeña biografía escrita por Atanasio, que tuvo una enorme difusión, hizo de la existencia del eremita Antonio el paradigma de la vida monacal. Desde aquel entonces, se le ha venido venerando como santo y modelo perfecto de monjes y con esos títulos nos resulta hoy más familiar escuchar su nombre: San Antonio Abad.


No le resultó fácil a San Antonio cumplir su propósito: el Enemigo, obcecado en apartarlo de sus encomiables deseos ascéticos de pureza y crecimiento espiritual, se dedicó a importunarlo y hostigarlo con continuas tentaciones y ataques. Buena parte de la obra de Atanasio se dedica a relatar las trampas y asechanzas diabólicas que tuvo que enfrentar el pobre monje. Así, por ejemplo, en un pasaje se nos narra cómo los demonios irrumpen en el hipogeo donde San Antonio vivía recluido para atemorizarlo:


Esa noche hicieron tal estrépito que el lugar parecía sacudido por un terremoto. Era como si los demonios se abrieran paso por las cuatro paredes del recinto, reventando a través de ellas en forma de bestias y reptiles. De repente todo el lugar se llenó de imágenes fantasmagóricas [...]


En este otro fragmento, el monje es levantado a los cielos mientras se encuentra en oración y una caterva de diablos intenta por todos los medios cerrarle el paso:


En cierta ocasión [...] habiéndose levantado para rezar a la hora de nona, se sintió arrebatado por el espíritu, y, cosa maravillosa, permaneció allí y se vio a sí mismo desde fuera de su cuerpo y que unos seres le conducían por los aires. Después, ciertas crueles y terribles criaturas aparecieron en el aire y trataban de impedirle el paso.


Relatos como este, reelaborados después en narraciones posteriores como la Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine, proporcionaron el punto de partida para un modelo iconográfico que ha cosechado notable éxito a lo largo de la historia del Arte. Desde El Bosco a Dalí, el tema de las tentaciones de San Antonio, con su potencial fantástico, parece haber seducido a numerosos pintores y grabadores.


Uno de ellos fue el pintor flamenco Martin Schongauer, que a mediados del siglo XV realizó un grabado en cobre que representa a San Antonio suspendido en el aire y rodeado de demonios de formas bestiales que le agarran de los cabellos, de la barba, del hábito, tratando de impedir su levitación.


Cuando en torno a 1488 aquel grabado se vio por primera vez en Florencia, causó gran sensación. Giorgio Vasari, en sus Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, nos cuenta que un habilidoso aprendiz del taller de Domenico Ghirlandaio, deseoso de mostrar su talento, se propuso crear una versión de aquella imagen aún más impresionante: se trataba de copiar a la perfección a pluma el dibujo del flamenco y luego añadirle colores y detalles para intensificar su efecto dramático. Para ello, aquel jovencísimo pintor, de apenas doce o trece años de edad, concibió una ingeniosa idea. Todos los días se dirigía al mercado, a los puestos de los pescaderos —entonces el mercado del pescado de Florencia se hallaba junto al Ponte Vecchio—, y compraba algunos peces y mariscos de los que exhibían los placeros sobre sus mesas: tencas, bagres y cangrejos de río del Arno; también, quizá, pejesapos, sardinas y caballas pescadas en el Mediterráneo y convenientemente saladas o desecadas para poder ser transportadas al interior.


De vuelta al taller, el joven aprendiz se dedicaba a estudiar atentamente los pescados que había comprado y se esforzaba por trasladar con sus pinceles aquellos colores, texturas y centelleos metálicos de las escamas, de las espinas de las aletas, del globo sanguinolento de los ojos, a la anatomía de los furiosos diablos que atacaban a San Antonio. El resultado fue aún mejor de lo esperado, pues a pesar de su corta edad, aquella versión mejorada del diseño del grabador flamenco le granjeó el reconocimiento general: «demostró en esto tanta valía que adquirió nombre y fama», dice Vasari.


Y así fue como los pescados de los puestos del mercado florentino, posando como demonios, depararon a aquel aprendiz del taller de Ghirlandaio el primero de sus triunfos pictóricos. Ese muchacho se llamaba Miguel Ángel Buonarroti y aunque le conocieron como «El Divino» en muchas ocasiones demostró ser la mismísima piel del diablo.












 

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