Lobos

 

   Andan por Galicia rodando una serie para Netflix que se llamará Lobo y que recupera la insólita historia de Manuel Blanco Romasanta, el licántropo gallego que se confesó autor de varias muertes llevadas a cabo en la montaña orensana a mediados del siglo XIX.

La tradición gallega guarda memoria de los lobishomes u hombres-lobo desde antiguo. Individuos que a causa de una maldición —muchas veces proferida más o menos inconscientemente por algún familiar— se ven compelidos a transformarse en lobos durante cierto tiempo y en esa figura andan vagando por los montes y sotos cometiendo toda clase de tropelías. Tal vez la primera referencia escrita sea la que se encuentra en el Jardín de Flores Curiosas, de Antonio de Torquemada (1507-1569), relativa a un caso, a lo que parece, contemporáneo del autor:

Y agora en el tiempo en que estamos se dice una cosa muy graciosa y es que en el reino de Galicia se halló un hombre, el cual andaba por los montes escondido y de allí se salía a los caminos cubierto de un pellejo de lobo, y si hallaba algunos mozos pequeños desmandados, matábalos y hartábase de comer en ellos; y era tanto el daño que hacía que los de la tierra procuraron quitar aquella bestia del mundo y prendiéronle, y viendo que era hombre, le pusieron en una cárcel y le atormentaron y todo lo que decía parecían disparates; hartábase de carne cruda, y en fin murió antes que se hiciese justicia del.

Resulta interesante la mención al pellejo de lobo que este licántropo del Siglo de Oro llevaba encima, porque enlaza con una creencia popular que se mantuvo viva en Galicia hasta entrado el siglo XX, la de que la metamorfosis en lobo implicaba el uso de un pellejo de este animal como una suerte de catalizador del hechizo. Una creencia de la que se hizo eco el escritor gallego Vicente Risco (1884-1963) en su relato O lobo da xente, en el que una muchacha a la que una maldición ha convertido en un lobo sanguinario es liberada del maleficio cuando un labrador arroja en el fuego el pellejo de lobo con el que ésta se cubre. Por lo demás, este cuento parece que está inspirado en un caso que le contaron a Risco en una aldea orensana; el de una joven que, tras ser maldecida por su padres, se echó al monte y convertida en jefa de una manada de lobos estuvo rondando por las sierras vecinas, alternando la forma humana y la animal.

También el caso de Blanco Romasanta que ahora quiere rescatar Netflix ha servido, cómo no, de inspiración literaria y cinematográfica. Así, la historia del asesino orensano sirvió de modelo a la novela El bosque de Ancines, escrita por el coruñés Carlos Martínez-Barbeito, que fue finalista del premio Nadal en 1944 y que casi tres décadas más tarde sería llevada al cine por Pedro Olea en El bosque del lobo (1970) (con guión, por cierto de otro coruñés, Juan Antonio Porto). Más recientemente, otra novela, ésta en gallego, volvió sobre el asunto: Romasanta: memorias incertas do home lobo (2004), de Alfredo Conde, también llevada al cine en una coproducción hispano-italo-británica, Romasanta. La caza de la bestia, con Elsa Pataki y Julian Sands.

Y no es de extrañar esta considerable lista de títulos —a la que pronto se añadirá la serie que están rodando—, porque la historia de Romasanta está llena de interesantes matices policiales, criminológicos, psiquiátricos e incluso jurídicos. Pero ciñéndonos a lo que el caso tiene de fantástico o mitológico, hay que decir que es difícil que la recreación literaria o cinematográfica logre superar al relato que el propio Romasanta fue tejiendo en las declaraciones que constan en los autos del proceso. 

Lo que éste manifestó ante el juez fue que desde hacía trece años y exactamente hasta el día de San Pedro de 1852 había padecido una terrible y misteriosa dolencia. Por efecto de la maldición de alguno de sus parientes, no sabía si de sus padres, de su suegra o de quién, tomaba forma de lobo y llevado de una fuerza irresistible se echaba encima de las víctimas que tenía delante y las desgarraba con uñas y dientes y las devoraba. Que en cierta ocasión, en la sierra, en el Val de Couso, había encontrado dos lobos y se había vuelto lobo también, y había andado con ellos cuatro o cinco días, al cabo de los cuales, tanto él como los otros dos habían recobrado la forma de personas, sazón en la que conoció que los lobos que le habían acompañado eran, en realidad, dos valencianos llamados don Genaro y don Antonio, quienes le confesaron que hacía tiempo tenían la misma desgracia que él. Que en unión con estos había cometido algunos de sus crímenes, matando y despedazando a sus víctimas sin ningún arma, únicamente con las uñas y los dientes y alimentándose, acto seguido, con su carne hasta dejar sólo los huesos. Para convertirse en lobos, se desnudaban y se revolcaban en el suelo y así se obraba la transformación. Pasaban varios días transformados en lobos, unas veces dos días, otras, cuatro. Él había pasado hasta ocho días seguidos en esta figura, y los valencianos hasta diez días, uno, y hasta quince días seguidos, el otro. Cuando pasado este tiempo, recobraban la apariencia humana y el uso de la razón, lloraban los tres desconsoladamente por lo que habían hecho. El llamado don Genaro se mostraba especialmente afectado por los remordimientos.

Romasanta fue sentenciado a morir en el garrote, sentencia que finalmente fue confirmada por la Audiencia Territorial de La Coruña en 1854. Pero la intervención de un enigmático hipnotista llamado Mr. Phillips y los argumentos de la defensa consiguieron que la reina Isabel II firmase el indulto y que la pena fuese conmutada a cadena perpetua. Tras un tiempo preso en el penal coruñés, parece que Romasanta fue trasladado a Ceuta, donde murió en 1863.

De aquellos dos valencianos, don Genaro y don Antonio, que según Romasanta le acompañaron en sus correrías, nunca más se volvió a saber: es de suponer que se escabullirían, en figura de lobo, por las fragosas sierras del macizo orensano. En todo caso, parece que no volvieron a dejar rastro conocido de muertes. Quizá un buen día les desapareció, como a Romasanta, el maleficio y volvieron a sus vidas anteriores sin castigo. O tal vez como lobos encontraron pareja de la especie y se limitaron en adelante a las ovejas. Habría que hacer algún experimento para ver si algunos de los lobos que quedan por las sierras de San Mamede, de Queixa o de Invernadeiro pudieran ser descendientes de don Antonio o don Genaro. Que se estudie, por ejemplo, si hay ejemplares que se sienten extrañamente atraídos por el olor de una paella o de una horchata. ¡Quién sabe si no darían con algún lobo che!



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